Turno para la segunda pregonera en la historia
de nuestro Pregón rociero, aunque ella
ya pronunciase parte del Pregón de su
padre, Francisco Sánchez Cabrera de la
Aurora, en el vigésimo quinto aniversario
de la fundación de la Hermandad. Me estoy
refiriendo a Doña Rocío Sánchez
Barragán, hermana de nuestra Hermandad
de Los Palacios y persona con sangre rociera
en las venas. El marco para las imágenes
de su Pregón fue el Teatro Municipal.
En aquella mañana del 9 de Mayo de
2.004 -tan sólo unas horas después
del Pregón romero en honor a San Isidro
Labrador que había sido pronunciado por
nuestro querido Antonio Manuel Romero Triguero-,
la pregonera escuchó las palabras de
presentación de su hermano, D. Francisco
Sánchez Barragán, nuestro Paquito
Cabrera, quien revelaría el nivel académico
de Rocío, de quien no dudó en
decir que "era licenciada -con nota, diría
yo- en arte, gracia, simpatía, revuelo,
cante, baile... por la Universidad Rociera y
Flamenca de la vida".
El presentador halagó la fortaleza de
su hermana, incluso en los momentos más
difíciles de la vida, como cuando se
pierde a un ser querido, un padre en este caso:
"Siempre tendré en la memoria
cuando nuestra pregonera de hoy, fuerte y valiente
en difíciles momentos, tras mi venida
de tierras lejanas, porque para mí todo
es lejano cuando pierdo nuestra torre de vista,
entré por la gran cancela que daba paso
a un patio de ensueño, me abrazó
fuertemente y, cogidos de la mano, una vez más,
me llevó justo delante del cuerpo dormido
de Paco Cabrera de la Aurora, nuestro padre.
Eran las primeras horas del día 5 de
Octubre de 1.990. -No pasa nada- le dije. -¿No
ves que duerme? Verás como esta tarde,
después de visitar a la Santísima
Virgen de las Nieves, partirá ya en su
viaje eterno hacia las benditas Marismas del
Cielo para encontrarse con su pasión,
la Blanca Paloma, que le espera con sus alas
blancas al viento, y allí permanecerá
por los siglos de los siglos...".
Nuestra pregonera, puro nervio, pura gracia
y sal de la gorda, hizo valer el refrán
de "A tal palo, tal astilla", pues
tiene a quien salir. Nos habló de su
camino, de su Hermandad, de su pueblo y sus
gentes, y resaltó en numerosos párrafos
a su Blanca Paloma del alma:
"...Una Paloma Blanca vendrá hasta
nosotros para abrasarnos con el fuego más
sublime, las llamas de un amor verdadero. Ya
no quedan más lágrimas en los
ojos, no hay fuerza en la voz ni en la garganta,
pero aun así seguimos rezando y suplicando...
Hermanos rocieros, es hora de abrazar con
la fuerza de la devoción el Simpecado
y decirle a la Virgen del Rocío con nuestra
presencia las mismas palabras que pronunciase
su hijo estando clavado en el madero de su muerte
y nuestra salvación: ´Madre, aquí
tienes a tus hijos´. Hermanos rocieros,
¡ahí tenéis a Vuestra Madre!:
Mi alma se desespera, te quiero tener frente
a frente, anhelo que tú te acerques porque
mi corazón no tiene espera. Miro a mi
Simpecao, es mi pueblo quien se acerca y hace
de él su bandera para estar siempre a
tu lao.
Es cuando el llanto de mí se hace dueño,
es cuando busco tu mirada, es cuando más
bella te veo la cara, es cuando es verdad y
parece un sueño. Te espero con desespero,
el alma se me congela, y comienza el escalofrío
porque quiero gritar y no puedo ¡Viva
la Virgen del Rocío! Qué cerquita
ya te tengo, qué guapa en tu trono de
plata, qué Reina... qué Señora...
quisiera gritar a los cielos, aunque quiero
y no puedo ¡Viva la Blanca Paloma! Ya
estás aquí, Madre mía,
bendita sea la hora, es amor infinito y no terciopelo
lo que en mi Simpecao aflora, y quiero volver
a gritar con todo mi corazón ¡riega
de paz el mundo entero!, ¡que Viva la
Madre de Dios! Te miro a los ojos temblando,
me contestas sonriendo y cuando te ofrezco mi
rezo pareces que estás hablando. Estoy
feliz, Madre mía, por esto a ti te cantamos
de Los Palacios somos tus hijos, y a la vez
somos hermanos. Dame un poquito de voz, no es
devoción, sino fe misma la que quiere
gritar a los cielos ¡Viva la Reina de
las Marismas! No te vayas, Madre mía,
pero son muchos rocieros los que te quieren
rezar y elevar su oración a los cielos.
Como el fuego de la amistad, como las hogueras
nostálgicas en Palacio, ahora sí
puedo gritar... ¡Que Viva la Hermandad
de Los Palacios!