Nuestro buen amigo y paisano D. Domingo Clemente
Gómez, hermano de la Hermandad casi desde
su fundación -fue inscrito por un servidor,
que por entonces realizaba funciones de Mayordomo,
en el Libro de Registro de Hermanos el día
20 de Agosto de 1.972, con el 62 como número
de orden- fue el elegido para satisfacernos
a todos con su Pregón, en el Teatro Municipal,
en la mañana del 18 de Mayo de 2.003.
La presentación del pregonero corrió
a cargo de su íntimo amigo, D. Julio
Mayo Troncoso, palaciego solidario, ejemplar
cofrade y capataz del paso de su Señor
del Gran Poder en la Madrugada del Viernes Santo.
El presentador nos explicó a todos el
porqué de su presencia ante el micrófono
del atril:
"Dos son las razones que me han movido
a efectuar esta presentación. Una, la
de hablar de un viejo amigo con el que, pese
a vivir tan lejos, mantengo continuos contactos,
y la otra, por ser quien es, es decir, por ser
hermano de mi amigo Ramón Clemente, hoy
acomodado en un palco celestial. Recuerden que
él desempeñó este mismo
papel de presentador el pasado año, abanderando
a Curro "El Gallego". Sé que
él no me habría consentido eludir
esta responsabilidad encomendada por su tan
querida Hermandad del Rocío de Los Palacios.
Vecino de la pequeña localidad alavesa
de Aramayona, allá en el País
Vasco, es la persona elegina este año
por esta Hermandad del Rocío (su Hermandad)
para pronunciar el Pregón de su popular
peregrinación y romería anual
a la Aldea Almonteña".
Tras las emocionadas palabras de Julio en
honor al presentador del año anterior
y hermano del pregonero del actual, comenzó
su pregonar D. Domingo Clemente. Su camino del
Rocío, al que se acercaba cada año
para compartir en las paradas esos momentos
inolvidables con sus hermanos rocieros, fue
el hilo conductor de su oratoria. Las noches
de Colina, el paso del Quema, Palacio, el Ajolí,
la presentación de la Hermandad ante
la Virgen en la Aldea,... y "¡cuán
arropado va con romeros nuestro Simpecado en
todos los momentos! Unos, rezando en voz alta;
otros, callados. Algunos, cantando, pero todos
llenos de orgullo y fe, De ese modo se recorren
las calles de Los Palacios hasta llegar al Furraque.
Allí, a la puerta de la Capilla de nuestro
Patrón San Sebastián, se cantará
una sentida Salve rociera...".
Nos relató el pregonero el vacío
que sintió al extraviar uno de sus más
preciados tesoros, su fiel compañera
de caminos, su medalla rociera:
"Una medalla me entregaron cuando hermano
me afilié, de color burdeos el cordón
y al cuello me la colgué.
Siempre anudada estuvo en mi cama al cabezal,
y a ella me encomendaba en mis noches de soledad.
Los años que fui romero era mi más
leal compañera, con qué respeto
llevaba mi medalla rociera.
En una de las mudanzas afligido un día
quedé: en mi devenir errante la medalla
no encontré.
Aquel día a la Virgen imploré
que si alguien la encontrara que se hiciera
rociero y con fervor le rezara.
Ya tengo medalla nueva, a mi cuello colgada
está. Te prometo, Virgen mía,
que ésta no se perderá".