Era el Año Mariano de 1.988. El Pregón
se celebraría en un nuevo escenario:
la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús.
En la mañana del 1 de Mayo, D. Manuel
Teba de Monte, miembro de la Junta de Gobierno
de la Hermandad del Rocío de La Palma
del Condado (tercera de las filiales de Almonte),
fue el encargado de ofrecer un Pregón
muy armonioso y con un trasfondo completamente
mariano. Fue presentado por el Hermano Mayor
de la Hermandad de Los Palacios y Villafranca,
D. Manuel Falcón Calvo.
Entre las anécdotas y relatos con los
que el pregonero trenzó su Pregón,
me llamó la atención la forma
de comenzar el mismo, pues puso verdadero interés
en contarnos un suceso que le contaron siendo
niño y que nos haría comprender
el cómo y el porqué de su presencia
en el atril para hablar a todos de la Señora
del Rocío y de su llamada a la Romería:
"Tiempo ha, un joven matrimonio de rocieros
de ley, se preparaban con alegría para
recibir el primer fruto de su matrimonio. En
la casa hay un poco de desconcierto porque el
parto se presenta con complicaciones. La tensión
sube cuando el médico ve que lo tiene
muy difícil para sacar al niño
o a la niña con vida y conservar la de
la madre.
Después de muchos contratiempos, viene
al mundo un niño que nace sin vida, y
rápidamente es depositado en una mesa
donde se le tapa con un paño, y allí
es olvidado porque las asistencias las necesita
la madre. Cuando ella recupera el sentido, pregunta
si ha sido niño o niño; se la
quiere distraer para no decirle en ese momento
lo ocurrido, pero el corazón de madre
se imagina lo peor, y de sus labios salen estas
palabras: ¡Madre mía del Rocío!
En ese preciso momento y no antes ni después,
el niño olvidado rompe a llorar, lleno
de vida...".
"Virgen de las Marismas, Madre y Señora
de tantísimos pobres como te lloran;
vida y dulzura de todo el que te cuenta sus
amarguras. Cada día es más bonita
nuestra Virgen del Rocío, cuando la aclama
el gentío brilla en su cara una cosa
que por la espalda da frío".