Cine Coliseo, 4 de Mayo de 1.986. Décimo
pregón ya. Nuestro Paco Cabrera de la
Aurora, cuyo emotivo Pregón del año
anterior todavía resonaba en el ambiente,
fue el encargado de presentarnos al pregonero,
D. Emilio Jiménez Díaz, profesional
de la radio, que nos ofreció un Pregón
de exquisitez poética y de ágil
y amena oratoria. Sus anécdotas rocieras
y su particular versión de lo que es
el Rocío -la Virgen- fueron los pilares
fundamentales de su pregonar. Y pregonando,
pregonando, cabe aquí la llamada que
cualquier anónimo pregonero pudiera realizar
desde su estrado. Una llamada como indudable
colofón a la más exquisita muestra
de amor hacia una Madre:
"¡Rocieros! Dejad que hoy me abra
paso en vuestras almas con ese grito, que es
a la vez orgullo y estímulo, valioso
precio con que se ganan amistades y se rompen
odios y amarguras; con ese grito que es el mejor
saludo para esta hora solemne, porque encierra
en sí interesada oración y plegaria
a la Señora Excelsa; con ese grito que
es a la vez bandera y estímulo de fervores
y que pone carismas sonoros a la voz, para cantarla
debidamente con humildad, amor y brío:
¡Que viva la Virgen Santísima del
Rocío!".
El pregonero dio muestras de su fervor mariano
y nos describió cómo los peregrinos,
las gentes que acuden al Rocío desde
todos los rincones, se acercan a la Blanca Paloma
embargados todos por la emoción para
rezarle, pedirle y, sobre todo, dar gracias.
¿Cuántas veces pedimos casi lo
imposible y nos es concedido? ¿Cuántas
veces nuestras promesas hacen cumplir nuestros
deseos?
Esas madres que le lloran y en sus labios
una plegaria: Gracias, Virgen del Rocío,
por poner mi niña sana. Otro con un niño
a cuestas para que le bese el manto; otro que
sale asfixiao, con el hombro to sangrando. Otro
que se mete dentro para tocarle un varal; otro
que no pué meterse y se harta de llorar;
otro que le da las gracias por lo que ha hecho
con él; y otro que le pide algo que Ella
no pué conceder.